La
caminata al micro se hizo larga. La oscuridad de la madrugada daba
algo de miedo, pero no el estremecimiento que sentí con el final
del juego
de espiritismo. Los chicos hicieron cualquier cosa,
ese espíritu estaba
desesperado, quería fumar y, en ese intento, rompió la copa. Un mal
presagio, no me iba quedar a dormir ni loco con ellos. Pensé en
prender un pucho, pero con lo que había sucedido me contuve.
De
repente, cerca de la parada, un vagabundo se
me apareció intimidante. Pensé que iba a robarme o agredirme, pero
me miró fijamente:
–¿Me vas a dar al final? –Preguntó con ojos
siniestros.
–¿Qué?
–Los
cigarrillos.
Desperté
de golpe. Estaba nervioso, todo transpirado y con la piel de gallina.
Miré los cigarrillos en la mesa de luz junto al calendario que
marcaba con un círculo el veinte
de julio, a la noche íbamos a festejar el día
del amigo.
Decidí que sería quedarme en casa.


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