De la actriz, música y escritora Corina Beatriz Paccagnella presentamos este conmovedor relato.
El señor de traje negro recibió a Clara con cara circunspecta mientras le indicaba, con un movimiento solemne, que se dirigiera a la pieza del fondo. Atravesó el patio con paredes cubiertas de enredaderas de hiedra verde y amarilla. Un aroma entre fétido y extraño la guiaba sin reparar en su tenue paso; ella sólo se dejó llevar. No sabía si llorar o gritar su bronca al observar la sala. “Nadie merece esto”, pensó. Y sólo atinó a abrazar a su madre. Una morocha curtida por los años y la pobreza, cuyo pelo lacio y entrecano reflejaba un azabache que se resistía a su extinción.
Ester, la vecina de la otra cuadra, preparaba un mate en la cocina improvisada sobre una mesada de madera berreta, con paredes forradas con harbour marrón veteado sin azulejos que pretendía, infructuosamente, protegerlas de las salpicaduras. Le convidaron uno. Quiso creer que el dulzor extremo mezclado con el cedrón, la ayudaría. Sin embargo, su desazón se incrementaba en la misma medida en que su vista recorría el lugar decorado, burdamente, con imágenes religiosas estampadas en cartón, raídas por el tiempo.
-Fue el alcohol –se escuchaba de excusa.
Clara notó que su mamá dejaba volar la vista hacia un infinito, como atravesando las paredes. Tal vez buscaba ese nefasto día en que él le propusiera salir de allí para progresar. Quizá ella aceptó sin chistar, como era costumbre entonces. Nunca se lo había dicho. Su madre hablaba poco y bajaba la cabeza cuando él le hablaba. En cambio, a ellos, los miraba con esos ojos bien negros y rasgados ensayando el más puro amor que se puede entregar a los hijos, tratando de convencerlos de que no era malo, sólo que la frustración lo había poseído cuando se dio cuenta de que había fracasado y ya no podía volver a ese pueblo diezmado, corroído por la pobreza.
La muchacha volteó la cabeza hacia un reducto separado por paredes de terciado. Allí estaba. Pálido. Tieso. Con las manos mal cruzadas sobre su vientre, sosteniendo un crucifijo de piedras blancas que habían comprado en Luján. El ataúd ordinario, sin manijas y un Cristo despintado que velaba el alma de una víctima del destierro.
El señor de negro irrumpió en la sala.
-Es la hora. Por favor, vayan despidiéndose –dijo como repasando un libreto de supermercado.
Uno a uno, le dieron el único beso en la frente y salieron al patio a llorar la incertidumbre.
-¡Esperen, por favor! –se escuchó gritar desde la entrada.
A gatas si podía sostenerse en pie el hombre. Olía a alcohol y a mugre. Se abrazó al féretro y lloró a su amigo.
Al salir, miró como pudo a los deudos.
-¿Saben? No hubo un solo día, en el bar, que no pidiese perdón por haber tomado esa decisión. Pero lo buscaban.
Sin esperar respuesta, el señor de negro cerró el ataúd y los invitó a subir al coche que los conduciría al cementerio.







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