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jueves, 30 de julio de 2026

AL LLEGAR A ESE LUGAR, de Oscar Moreno

Damos a conocer este sensible texto que trabaja sobre el tiempo, la distancia y los afectos. Es de Oscar Moreno, integrante del Taller de Escritura municipal y fue presentado en la muestra de medio término que se realizó el domingo 19 de julio de 2026 bajo el nombre de "Boom Cultural". El evento se celebró en el Edificio Malvinas y La Vieja Estación.

Una pareja recién comenzaba, juntos, su camino. Creían tener el futuro bajo control. Habían planeado cada paso, cada objetivo, convencidos de que la voluntad bastaba para alcanzar cualquier sueño.
Los pasajes estaban comprados. El equipaje, listo. El entusiasmo desbordaba cada conversación.
La despedida fue alegre, aunque cargada de abrazos largos y promesas de un pronto regreso. Dejaban atrás a la familia, los amigos y la tranquilidad de lo conocido para comenzar una nueva vida.
El viaje fue extenso.
Y, al llegar a ese lugar, descubrieron que los mapas solo indican distancias, nunca el peso de la ausencia.
Los primeros meses estuvieron llenos de esperanza. Después aparecieron: el cansancio, las dificultades y la sensación de ser extraños en una tierra que nunca terminó de pertenecerles; no se sentían incluidos en esa nueva sociedad.
La distancia dejó de medirse en kilómetros. Comenzó a instalarse entre ellos.
Las conversaciones fueron perdiendo profundidad. Las sonrisas se hicieron escasas. Los proyectos quedaron reemplazados por la necesidad de llegar al día siguiente.
El sueño que los había unido empezó, lentamente, a desgastarlos. Pasaron los años.
Volver significaba aceptar que las cosas no habían sucedido como las imaginaron. Quedarse era continuar viviendo una vida que ya no les pertenecía.
Finalmente regresaron.
Pero el tiempo también había trabajado en su ausencia.
Las calles seguían allí, aunque parecían distintas. Los amigos habían cambiado. Algunos seres queridos ya no estaban.
Ellos tampoco eran los mismos.
Una madrugada, sin discusiones ni reproches, uno de los dos hizo la valija y se marchó. No quedaban palabras capaces de reparar lo que el tiempo había desgastado.
El otro permaneció sentado, mirando el amanecer. Comprendió que existen viajes de los que nunca se regresa por completo, porque el verdadero exilio comienza mucho antes de abandonar la casa, el lugar, un país: empieza el día en que dos personas dejan de reconocerse en la mirada del otro.

lunes, 13 de julio de 2026

EL TIRÓN DE OREJAS, de Mirta Gracia Rivera


Un breve relato colmado de sabores y olores de la infancia nos regala Mirta Gracia Rivera, socia de SADE Ensenada


Un envolvente aroma a “sabores caseros” invade la casa, la vainilla, el chocolate, la crema pastelera, el dulce de leche y el membrillo prolijamente ubicados sobre la mesada de la cocina, se jactan de sus cualidades, sin advertir que los une algo muy especial: la dulzura.

Mamá prepara la torta, amasa tapitas para alfajores empanadas hasta altas horas de la noche, más tarde será el turno de las pizzas (su especialidad).

Todo tiene que estar listo para el festejo del día siguiente, porque ese día… ese día celebraríamos mi cumpleaños, único, irrepetible, en el que año tras año me sentía la protagonista absoluta.

El primer saludo era el de mi padre “Qué los cumplas muy feliz” me decía, con un tono muy especial… quizá porque remontándose a su niñez él también recordaba silenciosamente los suyos, no pocas veces lo escuché relatar el ritual familiar de su infancia, ese día, el SUYO le estaba permitido beber una copita de licor casero y más tarde ocupar un lugar privilegiado en la mesa familiar en la que se servía un tradicional puchero a la española. Al saludo de mi padre seguía el de mi madre y el de mis hermanos, vecinos, tíos y primos en la previa a la fiestita de la tarde, todos venían acompañados del clásico “TIRÓN DE OREJA” tantos como años cumplidos.

Después del mediodía todo estaba listo, las mesas con los manteles blancos extendidos, manteles que conservé hasta hace pocos años y con los que vestí, en ocasiones, la mesa familiar, aún con sus manchas amarillas, porque cada una de ellas había sido testigo de momentos felices. El florero exhibía con elegancia las flores del jardín de la casa: a veces calas, otras gladiolos o conejitos, las jarras de vidrio más tarde tomarían un color naranja, dulces y saladitos esperaban a los invitados que no se cansarían de elogiar las habilidades de mamá, y allí estaba ella… con su color rojizo, geométricamente prolija, la vedette de la mesa… LA PASTAFROLA… Aún hoy es mi preferida, porque creo ver en ella las manos de mi madre.

Los regalos no fueron lo más importante, sólo recuerdo algunos a través de los años: el Winco para mis quince años, el hermoso reloj de oro en mi primer año de noviazgo, pero el más esperado era el del abuelito Juan que al llegar abría su billetera y me entregaba un “dinerillo”, como él solía decir, para mis “gustos”.

Años después con la llegada de los hijos y sobrinos llegó el lógico desplazamiento de la escena y otros fueron ocupando el lugar, persistiendo el festejo y la alegría. Los sobrinos crecieron… los hijos también y también les tocó correrse, ahora es el momento de los hijos de los hijos “MIS NIETOS” y para ellos todo.

Hoy sí espero el regalo, el más grandioso: Qué Dios me permita estar junto a ellos cada vez que soplan las velitas de sus tortas y, aun así, en lo más profundo de mi alma, sigo celebrando el mío, creando un puente imaginario donde se produce el abrazo.

Ya no hay tirones de oreja, ¡No se usa! Son otros los tiempos, pero aun así sigo disfrutando del calor del beso de mis afectos y del saludo virtual de mis amigos que son una renovable caricia al alma.

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