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lunes, 13 de julio de 2026

EL TIRÓN DE OREJAS, de Mirta Gracia Rivera


Un breve relato colmado de sabores y olores de la infancia nos regala Mirta Gracia Rivera, socia de SADE Ensenada


Un envolvente aroma a “sabores caseros” invade la casa, la vainilla, el chocolate, la crema pastelera, el dulce de leche y el membrillo prolijamente ubicados sobre la mesada de la cocina, se jactan de sus cualidades, sin advertir que los une algo muy especial: la dulzura.

Mamá prepara la torta, amasa tapitas para alfajores empanadas hasta altas horas de la noche, más tarde será el turno de las pizzas (su especialidad).

Todo tiene que estar listo para el festejo del día siguiente, porque ese día… ese día celebraríamos mi cumpleaños, único, irrepetible, en el que año tras año me sentía la protagonista absoluta.

El primer saludo era el de mi padre “Qué los cumplas muy feliz” me decía, con un tono muy especial… quizá porque remontándose a su niñez él también recordaba silenciosamente los suyos, no pocas veces lo escuché relatar el ritual familiar de su infancia, ese día, el SUYO le estaba permitido beber una copita de licor casero y más tarde ocupar un lugar privilegiado en la mesa familiar en la que se servía un tradicional puchero a la española. Al saludo de mi padre seguía el de mi madre y el de mis hermanos, vecinos, tíos y primos en la previa a la fiestita de la tarde, todos venían acompañados del clásico “TIRÓN DE OREJA” tantos como años cumplidos.

Después del mediodía todo estaba listo, las mesas con los manteles blancos extendidos, manteles que conservé hasta hace pocos años y con los que vestí, en ocasiones, la mesa familiar, aún con sus manchas amarillas, porque cada una de ellas había sido testigo de momentos felices. El florero exhibía con elegancia las flores del jardín de la casa: a veces calas, otras gladiolos o conejitos, las jarras de vidrio más tarde tomarían un color naranja, dulces y saladitos esperaban a los invitados que no se cansarían de elogiar las habilidades de mamá, y allí estaba ella… con su color rojizo, geométricamente prolija, la vedette de la mesa… LA PASTAFROLA… Aún hoy es mi preferida, porque creo ver en ella las manos de mi madre.

Los regalos no fueron lo más importante, sólo recuerdo algunos a través de los años: el Winco para mis quince años, el hermoso reloj de oro en mi primer año de noviazgo, pero el más esperado era el del abuelito Juan que al llegar abría su billetera y me entregaba un “dinerillo”, como él solía decir, para mis “gustos”.

Años después con la llegada de los hijos y sobrinos llegó el lógico desplazamiento de la escena y otros fueron ocupando el lugar, persistiendo el festejo y la alegría. Los sobrinos crecieron… los hijos también y también les tocó correrse, ahora es el momento de los hijos de los hijos “MIS NIETOS” y para ellos todo.

Hoy sí espero el regalo, el más grandioso: Qué Dios me permita estar junto a ellos cada vez que soplan las velitas de sus tortas y, aun así, en lo más profundo de mi alma, sigo celebrando el mío, creando un puente imaginario donde se produce el abrazo.

Ya no hay tirones de oreja, ¡No se usa! Son otros los tiempos, pero aun así sigo disfrutando del calor del beso de mis afectos y del saludo virtual de mis amigos que son una renovable caricia al alma.

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