Un breve relato colmado de sabores y olores de la infancia nos regala Mirta Gracia Rivera, socia de SADE Ensenada

Un envolvente aroma a “sabores caseros” invade la casa, la
vainilla, el chocolate, la crema pastelera, el dulce de leche y el membrillo
prolijamente ubicados sobre la mesada de la cocina, se jactan de sus
cualidades, sin advertir que los une algo muy especial: la dulzura.
Todo tiene
que estar listo para el festejo del día siguiente, porque ese día…
ese día celebraríamos mi cumpleaños, único, irrepetible, en el
que año tras año me sentía la protagonista absoluta.
El primer
saludo era el de mi padre “Qué los cumplas muy feliz” me decía,
con un tono muy especial… quizá porque remontándose a su niñez
él también recordaba silenciosamente los suyos, no pocas veces lo
escuché relatar el ritual familiar de su infancia, ese día, el SUYO
le estaba permitido beber una copita de licor casero y más tarde
ocupar un lugar privilegiado en la mesa familiar en la que se servía
un tradicional puchero a la española. Al saludo de mi padre seguía
el de mi madre y el de mis hermanos, vecinos, tíos y primos en la
previa a la fiestita de la tarde, todos venían acompañados del
clásico “TIRÓN DE OREJA” tantos como años cumplidos.
Después
del mediodía todo estaba listo, las mesas con los manteles blancos
extendidos, manteles que conservé hasta hace pocos años y con los
que vestí, en ocasiones, la mesa familiar, aún con sus manchas
amarillas, porque cada una de ellas había sido testigo de momentos
felices. El florero exhibía con elegancia las flores del jardín de
la casa: a veces calas, otras gladiolos o conejitos, las jarras de
vidrio más tarde tomarían un color naranja, dulces y saladitos
esperaban a los invitados que no se cansarían de elogiar las
habilidades de mamá, y allí estaba ella… con su color rojizo,
geométricamente prolija, la vedette de la mesa… LA PASTAFROLA…
Aún hoy es mi preferida, porque creo ver en ella las manos de mi
madre.
Los regalos
no fueron lo más importante, sólo recuerdo algunos a través de los
años: el Winco para mis quince años, el hermoso reloj de oro en mi
primer año de noviazgo, pero el más esperado era el del abuelito
Juan que al llegar abría su billetera y me entregaba un “dinerillo”,
como él solía decir, para mis “gustos”.
Hoy sí
espero el regalo, el más grandioso: Qué Dios me permita estar junto
a ellos cada vez que soplan las velitas de sus tortas y, aun así, en
lo más profundo de mi alma, sigo celebrando el mío, creando un
puente imaginario donde se produce el abrazo.
Ya no hay
tirones de oreja, ¡No se usa! Son otros los tiempos, pero aun así
sigo disfrutando del calor del beso de mis afectos y del saludo
virtual de mis amigos que son una renovable caricia al alma.

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