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martes, 8 de septiembre de 2026

EL MORRAL, de Alicia Edith Pereyra

El siguiente relato de la secretaria de SADE Ensenada recibió una mención
el tradicional certamen de poesía y cuento organizado por la Sociedad Obrera Italiana de Ensenada.

A la memoria de mi padre, José “Juancho” Pereyra.      

    Entre marzo y abril, papá sacaba de un armario vetusto el morral de cuero curtido y lo colgaba de una de las ramas de la higuera. Rescataba dos o tres revistas Orbea, cuyas páginas color sepia olían al polvo de los caminos. Nos mostraba con orgullo una foto en la que aparecía con su perro Tom –un pointer mestizo blanco y negro que había adiestrado en casa- junto a un par de armas de fuego. Recuerdo que nos habían prohibido a mi hermano y a mí hacerle caricias y hablarle “como a un bebé” porque –nos explicaba como buen entendedor- “los pointers no nacieron para falderos sino para cazar perdices”. En mayo se declaraba la apertura de la temporada y el ritual de aprestamientos nos mantenía expectantes. Nuestro padre iba y venía desde su habitación hacia el galpón del fondo con las escopetas, la cartuchera y los cartuchos, pólvora, municiones y larguísimas botas de goma que cubrían sus piernas más allá de las rodillas, porque con su amigo, el viejo Aguirre, se adentrarían en las lagunas y arroyos. Mi madre, pulcra y ordenada en demasía, suspiraba con resignación imaginando la vuelta como un sórdido tormento, al que su nariz y su estómago se habían acostumbrado. Ella, que siempre había soñado con ser bailarina clásica y recorrer los escenarios en puntas de pie, mañana debería vaciar animales hediondos sobre la pileta del patio. Nos resultaba paradójico pensar en un papá cazador, porque tanto a él como a mamá le gustaban los animales. Siempre vivimos rodeados de mascotas y plantas. En lo profundo de nuestro corazón, sentíamos por papá una gran admiración; era nuestro súper héroe, rudo y tierno a la vez.

El morral era lo primero que sacaba para que “tomase aire”. Era grande y maloliente. Creo que nunca lo había lavado bien; tal vez, ése fuera su encanto o su misterio, puesto que, a nuestro juicio, el bolsón de caza debía ser un asqueroso zurrón. El galpón tenía un apestor a armero cerrado, a aceite sobre acero, a cartón con pólvora, a orín de gatos. Sobre una mesa de madera papá iba dejando las herramientas para el armado de los cartuchos y las diferentes baquetas con cerda para limpiar los caños de las escopetas. Reinaba una atmósfera densa; por momentos evocadora de las fiestas de fin de año porque desde el piso de tierra y de las chapas brotaba un tufo caliente y seco como el de las bengalas y los petardos. Con singular paciencia papá giraba la manija de la máquina que completaba el llenado de los cartuchos con las municiones, como así los casquillos con pólvora. Todo se impregnaba con el picante olor del tabaco que llevaba en sí y en sus ropas de trabajo, aunque era un fumador consuetudinario, se abstenía de pitar cuando se dedicaba a aquellos menesteres. Limpiaba las escopetas en el jardín, apuntando al sol. Aseaba los caños introduciendo en ellos las baquetas para quitar restos de grasa; después de oír el chasquido que producía el calce de las culatas con la parte de los caños, regresaba al galpón donde continuaba aceitándolos. Justamente, en ese momento, comenzábamos a percibir el aroma balsámico de la trementina y según mi hermano, a lubricante de estación de servicio. A menudo, papá hacía un alto en sus labores y nos leía con satisfacción un párrafo de la revista Orbea  (su preferido): “Ningún placer se compara con el humo del primer cartucho disparado el primer día de una fría mañana de caza, el día de la apertura de la temporada”. Nosotros no comprendíamos esa alegría, por el contrario, nos llegaba como el eco del miedo y la muerte. El morral continuaba balanceándose con el viento fresco del otoño. En cuanto papá se descuidaba íbamos a mirarlo y a husmearlo. Hedores de fruta mohosa y estiércol seco sobre el pellejo descolorido nos daban en la cara como un aliento desagradable. Se irían por uno o dos días cerca de Magdalena. Papá, el viejo Aguirre, el gordo Lescano y los pointers. Nos gustaba imaginar su regreso, pues nos dejaría jugar con los cartuchos vacíos y quemados, que nos pondríamos en los dedos. Luego, lo más emocionante, descubriríamos qué traería en el morral esta vez.

    Domingo de mayo. Frío. Mediodía. Olor a guiso de mondongo y cebollas. Mamá cocinaba temprano para poder ayudar a papá. No bien despertados, nos dirigíamos al ventanal. En el jardín nuestros padres conversaban animadamente. De las ramas del fresno se veían unas liebres colgando, en un meneo pesado. Las botas negras de goma estaban dobladas junto a un palenque que aguantaba dos chapas. Alcanzamos a divisar un pájaro grande echado sobre el pasto, aparentemente lastimado o enfermo. Era gris, con el cuello largo y las patas rojizas que se veían difusamente, entre las plumas. Sobre un tablón sostenido por dos caballetes yacían las escopetas.” ¿Y Tom?” Nos preguntamos. Detrás del galpón asomaba su cabeza negra y blanca, saltaba nervioso, tironeando de la cuerda que lo mantenía sujeto a la puerta de hierro y alambre, excitado por el olor de las presas. “¿Y el morral?”. Colgando de otra rama, esta vez del ciruelo, lucía abultado. Nos vestimos con rapidez. Lo primero que haríamos sería secuestrar los silbatos señuelos que se usaban para atraer aves y entretenernos un rato. Corrimos hacia donde estaba mamá para darle el saludo de los buenos días. Inclinada sobre el piletón cumplía estoicamente su tarea de extracción de las vísceras de las liebres. El agua estaba roja por la sangre; sus manos olían a pescado, a carne cruda, a pelos salvajes mojados, a muerte. Sentimos repugnancia; la fetidez nos tiró para atrás. Mamá insistía en que nos fuésemos de allí, que el café con leche estaba preparado en la cocina de adelante, más aquellas actividades nos tenían subyugados. El olor a pelaje chamuscado se entremezclaba con el de las plumas húmedas. El rincón donde estaban las botas sucias olía a charca de barro, como cuando intentábamos pescar cerca de algún río. El ave se removió sobre el pasto y profirió un grito lastimoso.

-No se acerquen –ordenó mamá-, papá trajo un animal herido; está asustado y puede clavarles el espolón. El pobre, se encontraba abrumado y se le entrecerraban los ojos. Nuestro padre estaba cansado; se había mudado de ropas y tomaba unos mates. El galpón soltaba una pestilencia metálica y por momentos a encierro. Nos llamó la atención que, sobre la mesa principal, de madera,  hubiera otro bolso grande. Revoloteábamos como teros curiosos, olvidándonos de los silbatos. Todo aquello era una aventura extraña. Un universo de variadas sensaciones. De repente oímos el timbre de casa y papá se dirigió hacia la puerta de entrada. Entonces fuimos hacia la bolsa de cuero curtido que colgaba del ciruelo y la abrimos. Había dos perdices muertas, dos patos y un pájaro negro que desconocíamos, pestíferos, encogidos, oliendo a excremento, a sangre fresca y desarticulados como nuestros muñecos viejos. Papá nos contaba que muchas veces los animales suelen oler a sus depredadores.” Los zurrones huelen a muerte”, pensamos.
-¡Salgan de ahí! –vociferó mamá. Corrimos al galpón. Dentro del otro morral algo se movía. ¡Qué espanto! Seguramente un animal moribundo; tan peligroso como las víboras venenosas había quedado allí. Nos paralizamos. En medio de la incertidumbre y la curiosidad, la sombra alta de nuestro padre, se proyectaba sobre el piso de tierra por donde se colaban los rayos de sol. -¿No les dijimos, con mamá, que venir acá puede ser peligroso? –Inquirió con enojo y el ceño fruncido. Mamá se asomó al oír el tono elevado de la voz masculina.

-Hay algo en la bolsa… -dije tembloroso y a punto de llorar. Noté que ella observó a papá con ese sentimiento de maternal preocupación y se adelantó para apartarnos de la mesa. Papá la detuvo.
 -¡Son hermosos! –exclamó. Vimos que tenían dificultad para moverse. Ella los puso en nuestras manos, sentimos la suave calidez de los plumones. Papá nos miró fijamente a los ojos con severidad y un dejo de compasión.
  -La mamá chajá está en el jardín. La encontramos herida, con sus pichones. Los curaremos a los tres. Se pondrán bien, tienen miedo…
  -¡Sí, sí!–afirmamos con entusiasmo-¡ y les pondremos nombres!
  -No siempre ir de caza es lo que imaginamos- agregó reflexivo-, en los morrales, también se esconde la vida.

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