El
siguiente relato de la secretaria de SADE
Ensenada recibió una mención
el tradicional certamen
de poesía y cuento organizado por la Sociedad
Obrera Italiana de Ensenada.
A la memoria de mi padre, José
“Juancho” Pereyra.
Entre marzo y abril, papá sacaba de
un armario vetusto el morral de cuero curtido y lo colgaba de una de las ramas
de la higuera. Rescataba dos o tres revistas Orbea, cuyas páginas color sepia olían al polvo de los caminos. Nos
mostraba con orgullo una foto en la que aparecía con su perro Tom –un pointer
mestizo blanco y negro que había adiestrado en casa- junto a un par de armas de
fuego. Recuerdo que nos habían prohibido a mi hermano y a mí hacerle caricias y
hablarle “como a un bebé” porque –nos explicaba como buen entendedor- “los
pointers no nacieron para falderos sino para cazar perdices”. En mayo se
declaraba la apertura de la temporada y el ritual de aprestamientos nos
mantenía expectantes. Nuestro padre iba y venía desde su habitación hacia el
galpón del fondo con las escopetas, la cartuchera y los cartuchos, pólvora,
municiones y larguísimas botas de goma que cubrían sus piernas más allá de las
rodillas, porque con su amigo, el viejo Aguirre, se adentrarían en las lagunas
y arroyos. Mi madre, pulcra y ordenada en demasía, suspiraba con resignación
imaginando la vuelta como un sórdido tormento, al que su nariz y su estómago se
habían acostumbrado. Ella, que siempre había soñado con ser bailarina clásica y
recorrer los escenarios en puntas de pie, mañana debería vaciar animales
hediondos sobre la pileta del patio. Nos resultaba paradójico pensar en un papá
cazador, porque tanto a él como a mamá le gustaban los animales. Siempre
vivimos rodeados de mascotas y plantas. En lo profundo de nuestro corazón, sentíamos
por papá una gran admiración; era nuestro súper héroe, rudo y tierno a la vez.
El morral era lo primero que sacaba
para que “tomase aire”. Era grande y maloliente. Creo que nunca lo había lavado
bien; tal vez, ése fuera su encanto o su misterio, puesto que, a nuestro
juicio, el bolsón de caza debía ser un asqueroso zurrón. El galpón tenía un
apestor a armero cerrado, a aceite sobre acero, a cartón con pólvora, a orín de
gatos. Sobre una mesa de madera papá iba dejando las herramientas para el armado
de los cartuchos y las diferentes baquetas con cerda para limpiar los caños de
las escopetas. Reinaba una atmósfera densa; por momentos evocadora de las
fiestas de fin de año porque desde el piso de tierra y de las chapas brotaba un
tufo caliente y seco como el de las bengalas y los petardos. Con singular
paciencia papá giraba la manija de la máquina que completaba el llenado de los
cartuchos con las municiones, como así los casquillos con pólvora. Todo se
impregnaba con el picante olor del tabaco que llevaba en sí y en sus ropas de
trabajo, aunque era un fumador consuetudinario, se abstenía de pitar cuando se
dedicaba a aquellos menesteres. Limpiaba las escopetas en el jardín, apuntando
al sol. Aseaba los caños introduciendo en ellos las baquetas para quitar restos
de grasa; después de oír el chasquido que producía el calce de las culatas con
la parte de los caños, regresaba al galpón donde continuaba aceitándolos.
Justamente, en ese momento, comenzábamos a percibir el aroma balsámico de la
trementina y según mi hermano, a lubricante de estación de servicio. A menudo,
papá hacía un alto en sus labores y nos leía con satisfacción un párrafo de la
revista Orbea (su preferido): “Ningún placer se compara con
el humo del primer cartucho disparado el primer día de una fría mañana de caza,
el día de la apertura de la temporada”. Nosotros no comprendíamos esa alegría,
por el contrario, nos llegaba como el eco del miedo y la muerte. El morral
continuaba balanceándose con el viento fresco del otoño. En cuanto papá se
descuidaba íbamos a mirarlo y a husmearlo. Hedores de fruta mohosa y estiércol
seco sobre el pellejo descolorido nos daban en la cara como un aliento
desagradable. Se irían por uno o dos días cerca de Magdalena. Papá, el viejo
Aguirre, el gordo Lescano y los pointers. Nos gustaba imaginar su regreso, pues
nos dejaría jugar con los cartuchos vacíos y quemados, que nos pondríamos en
los dedos. Luego, lo más emocionante, descubriríamos qué traería en el morral
esta vez.
Domingo de mayo. Frío. Mediodía.
Olor a guiso de mondongo y cebollas. Mamá cocinaba temprano para poder ayudar a
papá. No bien despertados, nos dirigíamos al ventanal. En el jardín nuestros
padres conversaban animadamente. De las ramas del fresno se veían unas liebres
colgando, en un meneo pesado. Las botas negras de goma estaban dobladas junto a
un palenque que aguantaba dos chapas. Alcanzamos a divisar un pájaro grande
echado sobre el pasto, aparentemente lastimado o enfermo. Era gris, con el
cuello largo y las patas rojizas que se veían difusamente, entre las plumas.
Sobre un tablón sostenido por dos caballetes yacían las escopetas.” ¿Y Tom?”
Nos preguntamos. Detrás del galpón asomaba su cabeza negra y blanca, saltaba
nervioso, tironeando de la cuerda que lo mantenía sujeto a la puerta de hierro
y alambre, excitado por el olor de las presas. “¿Y el morral?”. Colgando de otra
rama, esta vez del ciruelo, lucía abultado. Nos vestimos con rapidez. Lo
primero que haríamos sería secuestrar los silbatos señuelos que se usaban para
atraer aves y entretenernos un rato. Corrimos hacia donde estaba mamá para
darle el saludo de los buenos días. Inclinada sobre el piletón cumplía
estoicamente su tarea de extracción de las vísceras de las liebres. El agua
estaba roja por la sangre; sus manos olían a pescado, a carne cruda, a pelos
salvajes mojados, a muerte. Sentimos repugnancia; la fetidez nos tiró para
atrás. Mamá insistía en que nos fuésemos de allí, que el café con leche estaba
preparado en la cocina de adelante, más aquellas actividades nos tenían subyugados.
El olor a pelaje chamuscado se entremezclaba con el de las plumas húmedas. El
rincón donde estaban las botas sucias olía a charca de barro, como cuando
intentábamos pescar cerca de algún río. El ave se removió sobre el pasto y
profirió un grito lastimoso.
-No se acerquen –ordenó mamá-, papá
trajo un animal herido; está asustado y puede clavarles el espolón. El pobre,
se encontraba abrumado y se le entrecerraban los ojos. Nuestro padre estaba
cansado; se había mudado de ropas y tomaba unos mates. El galpón soltaba una
pestilencia metálica y por momentos a encierro. Nos llamó la atención que,
sobre la mesa principal, de madera,
hubiera otro bolso grande. Revoloteábamos como teros curiosos,
olvidándonos de los silbatos. Todo aquello era una aventura extraña. Un
universo de variadas sensaciones. De repente oímos el timbre de casa y papá se
dirigió hacia la puerta de entrada. Entonces fuimos hacia la bolsa de cuero
curtido que colgaba del ciruelo y la abrimos. Había dos perdices muertas, dos
patos y un pájaro negro que desconocíamos, pestíferos, encogidos, oliendo a
excremento, a sangre fresca y desarticulados como nuestros muñecos viejos. Papá
nos contaba que muchas veces los animales suelen oler a sus depredadores.” Los
zurrones huelen a muerte”, pensamos.
-¡Salgan de ahí! –vociferó mamá.
Corrimos al galpón. Dentro del otro morral algo se movía. ¡Qué espanto!
Seguramente un animal moribundo; tan peligroso como las víboras venenosas había
quedado allí. Nos paralizamos. En medio de la incertidumbre y la curiosidad, la
sombra alta de nuestro padre, se proyectaba sobre el piso de tierra por donde
se colaban los rayos de sol. -¿No les dijimos, con mamá, que venir acá puede
ser peligroso? –Inquirió con enojo y el ceño fruncido. Mamá se asomó al oír el
tono elevado de la voz masculina.
-Hay algo en la bolsa… -dije
tembloroso y a punto de llorar. Noté que ella observó a papá con ese
sentimiento de maternal preocupación y se adelantó para apartarnos de la mesa.
Papá la detuvo.
-¡Son hermosos! –exclamó. Vimos que
tenían dificultad para moverse. Ella los puso en nuestras manos, sentimos la
suave calidez de los plumones. Papá nos miró fijamente a los ojos con severidad
y un dejo de compasión.
-La mamá chajá está en el jardín.
La encontramos herida, con sus pichones. Los curaremos a los tres. Se pondrán
bien, tienen miedo…
-¡Sí, sí!–afirmamos con
entusiasmo-¡ y les pondremos nombres!
-No siempre ir de caza es lo que
imaginamos- agregó reflexivo-, en los morrales, también se esconde la vida.




