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miércoles, 7 de octubre de 2026

Cuadrillé blanquinegro, de Ezequiel Martínez

Aquí muchas cosas reemplazan el color blanco. Claro ejemplo de ello es lo que me acompaña esta noche, que se apoya sobre la cortina blanca de una de las ventanas transpirantes. La presiona con su cuerpo, intenta emparejarlas. Pero eso no sería partícipe del blanco. Sería una conquista.
Conquistar no es lo propio. Recuerdo las palabras que hacen que no tropiece; estas son el lipograma de las llamas: tú, semidesnuda; yo, de compostura acorde al disparo. Nos legitimamos contra el ajuar, nos llevamos hasta la enfermedad. Crepita, crepitás, crepito, crepitamos.

Huelga decir
que mi experiencia de la locura
no es la hilaridad.

Troté nieblas.

Huelga decir:
mi experiencia de la locura
es desfronterarme;
hacer economía, una poda,
y quedarme con tres de sus nombres.
Emulsionar con su sangre y pus, dulces por unanimidad.
Elásticos.
Magros.

Me hace falta mí. Ser temblor es un movimiento hacia ningún lado. Qué blanco.
Lo que me acompaña esta noche es canalla. Quita: es una quemadura hecha caramelo. No gruñe, no chilla. Solloza. Su lenguaje es de armas usar, comprende la filigrana del rumor. Una experiencia lumínica que me costó el alfabeto. Elijo no decir que lo que está muerto es blanco. Las más de las veces confundo la muerte con sonidos. Hay una, que no la recordaba tan electrónica, la joven música de un silogismo categórico. Todas las palabras comienzan con un jadeo.


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