Aquí
muchas cosas reemplazan el color blanco. Claro ejemplo de ello es lo
que me acompaña esta noche, que se apoya sobre la cortina blanca de
una de las ventanas transpirantes. La presiona con su cuerpo, intenta
emparejarlas. Pero eso no sería partícipe del blanco. Sería una
conquista.
Conquistar
no es lo propio. Recuerdo las palabras que hacen que no tropiece;
estas son el lipograma de las llamas: tú, semidesnuda; yo, de
compostura acorde al disparo. Nos legitimamos contra el ajuar, nos
llevamos hasta la enfermedad. Crepita, crepitás, crepito,
crepitamos.
Huelga
decir
que
mi experiencia de la locura
no
es la hilaridad.
Troté
nieblas.
Huelga
decir:
mi
experiencia de la locura
es
desfronterarme;
hacer
economía, una poda,
y
quedarme con tres de sus nombres.
Emulsionar
con su sangre y pus, dulces por unanimidad.
Elásticos.
Magros.
Me
hace falta mí.
Ser temblor es un movimiento hacia ningún lado. Qué blanco.
Lo
que me acompaña esta noche es canalla. Quita: es una quemadura hecha
caramelo. No gruñe, no chilla. Solloza. Su lenguaje es de armas
usar, comprende la filigrana del rumor.
Una
experiencia lumínica que me costó el alfabeto. Elijo no decir que
lo que está muerto es blanco. Las más de las veces confundo la
muerte con sonidos. Hay una, que no la recordaba tan electrónica, la
joven música de un silogismo categórico. Todas las palabras
comienzan con un jadeo.
Ezequiel es socio de SADE Ensenada, estudiante de Filosofía y trabaja
la ilegibilidad de lo poético.

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