A Genoveva y a la memoria de aquellos días de mi infancia en Coronel Dorrego.
En su recuerdo, rindo homenaje a la fuerza silenciosa de la mujer rural
.
Genoveva, de espaldas a la inmensa mesa
con hule gastado, casca uno a uno los frescos huevos. La radio del pueblo llama
a escuchar; el obediente silencio familiar le da paso y las noticias van
llegando incesantes. La sólida mujer agrega el batido amarillo a los cubos de
papas recién cocidas, ante el bullicio ardiente de la enorme sartén negra.Mingo, su hombre, preside la mesa. La
distancia entre las espaldas de ambos no pasa de un metro; casi el espacio
justo para que él le estire su mano con una palmada cariñosa. La pequeña
Graciela, única hija mujer, prepara con redoblada paciencia una lista de
invitados para su cumpleaños.
La radio sigue su ritmo: en solo
treinta minutos replicará las voces de las vidas vecinas y luego se silenciará,
sin remedio, hasta el otro día.
Los fuertes brazos de la mujer de rulos
negros y delantal con cuadros dan la vuelta final a la tortilla más rica del
mundo. Tío y sobrino juegan naipes, y los perros de adentro, tres, esperan en
el piso de tierra lustrosa alguna recompensa.
Faltando ya poco para el horario de la
cena, Genoveva se acerca acalorada a la radio, escucha la última noticia del
viernes, luego toca la puerta de madera y, casi con disimulo, sale.
La galería con techo de paja y los
perros de afuera entrelazándole los pies, son el marco del cuadro de esta mujer
rural que mira absorta a la luna, regalándole sus sueños mientras su largo pelo
negro y brillante se mimetiza con el paisaje.
Cada vez que las circunstancias
estelares lo permiten, en ese ritual de femineidad nocturna, como siempre,
ellas se hablan y bien se entienden. La luna le cuenta sobre sus viajes por el
mundo, sus desencuentros con el sol, su menguar y crecer, o ser llena o nueva,
según lo estipulado. Genoveva le cuenta sobre su vida entre frutales y huertas,
del amor y el desamor, de su soledad, su esfuerzo, sus mañanas con frío, de sus
manos gastadas y de sus silenciosos sueños.
Desde la casa se escucha la voz de
Mingo pidiendo por la comida y, al poco tiempo, la de su hija. Genoveva,
reaccionando, dice: - ya voy, poné los platos.-
La noche arrecia con su belleza. La
mujer de rasgos marcados y ojos grandes se queda un instante más, acurrucando
sus manos entre el delantal y mirando otra vez a su amiga luna, que se va,
ocultándose detrás de una nube, casi sin despedirse.
Adentro, desbordan los sabores de
campo. La tortilla reina sobre la mesa y Genoveva enjuga una lágrima, guarda un
deseo y esboza una sonrisa, pensando que el próximo mes irá al pueblo con su
hija: comprarán lana y telas, y tal vez vayan al cine a ver la película que
anunció la radio.
-A comer…
Marcela Hebe Blanco es miembro de SADE Ensenada y
recientemente presentó su obra “Mi primer libro”, en la 1° Feria del Libro de
nuestra ciudad.

