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jueves, 5 de noviembre de 2026

SU AMIGA LUNA, de Marcela HebeBlanco

 A Genoveva y a la memoria de aquellos días de mi infancia en Coronel Dorrego.
En su recuerdo, rindo homenaje a la fuerza silenciosa de la mujer rural

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        Genoveva, de espaldas a la inmensa mesa con hule gastado, casca uno a uno los frescos huevos. La radio del pueblo llama a escuchar; el obediente silencio familiar le da paso y las noticias van llegando incesantes. La sólida mujer agrega el batido amarillo a los cubos de papas recién cocidas, ante el bullicio ardiente de la enorme sartén negra.
Mingo, su hombre, preside la mesa. La distancia entre las espaldas de ambos no pasa de un metro; casi el espacio justo para que él le estire su mano con una palmada cariñosa. La pequeña Graciela, única hija mujer, prepara con redoblada paciencia una lista de invitados para su cumpleaños.
La radio sigue su ritmo: en solo treinta minutos replicará las voces de las vidas vecinas y luego se silenciará, sin remedio, hasta el otro día.
Los fuertes brazos de la mujer de rulos negros y delantal con cuadros dan la vuelta final a la tortilla más rica del mundo. Tío y sobrino juegan naipes, y los perros de adentro, tres, esperan en el piso de tierra lustrosa alguna recompensa.
Faltando ya poco para el horario de la cena, Genoveva se acerca acalorada a la radio, escucha la última noticia del viernes, luego toca la puerta de madera y, casi con disimulo, sale.


La galería con techo de paja y los perros de afuera entrelazándole los pies, son el marco del cuadro de esta mujer rural que mira absorta a la luna, regalándole sus sueños mientras su largo pelo negro y brillante se mimetiza con el paisaje.
Cada vez que las circunstancias estelares lo permiten, en ese ritual de femineidad nocturna, como siempre, ellas se hablan y bien se entienden. La luna le cuenta sobre sus viajes por el mundo, sus desencuentros con el sol, su menguar y crecer, o ser llena o nueva, según lo estipulado. Genoveva le cuenta sobre su vida entre frutales y huertas, del amor y el desamor, de su soledad, su esfuerzo, sus mañanas con frío, de sus manos gastadas y de sus silenciosos sueños.
Desde la casa se escucha la voz de Mingo pidiendo por la comida y, al poco tiempo, la de su hija. Genoveva, reaccionando, dice: - ya voy, poné los platos.-
La noche arrecia con su belleza. La mujer de rasgos marcados y ojos grandes se queda un instante más, acurrucando sus manos entre el delantal y mirando otra vez a su amiga luna, que se va, ocultándose detrás de una nube, casi sin despedirse.
Adentro, desbordan los sabores de campo. La tortilla reina sobre la mesa y Genoveva enjuga una lágrima, guarda un deseo y esboza una sonrisa, pensando que el próximo mes irá al pueblo con su hija: comprarán lana y telas, y tal vez vayan al cine a ver la película que anunció la radio.
-A comer…

Marcela Hebe Blanco es miembro de SADE Ensenada y recientemente presentó su obra “Mi primer libro”, en la 1° Feria del Libro de nuestra ciudad.

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